domingo, 9 de enero de 2011

La Señal de los Ortodoxos...El Amor


El amor a los enemigos es una de las señas de identidad más características de nuestro ser y obrar como Ortodoxos. Los monjes ortodoxos del monte Athos cifran toda su vida, y su madurez espiritual, en dos principios: la humildad profunda y el amor a los enemigos. Y los Padres del desierto recordaban una y otra vez a sus discípulos que, para avanzar y crecer, se necesitan dos actitudes: saber dar gracias y perdonar de corazón a los demás.
A los jóvenes suelo repetirles que tener fe no es otra cosa que ver la vida con los ojos de Cristo, sentir la vida con el corazón de Cristo y hacer las cosas en la vida con las manos de Cristo. En otras palabras, ser otros Cristo vivientes, hasta poder exclamar como san Pablo: Ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí. El Espíritu Santo, trabajándonos por dentro, va haciendo posible esta hermosa realidad.
Tal vez, de los gestos y actitudes de Cristo, el amor a los enemigos sea de los más difíciles, y hasta escandalosos de entender. Amor significa mucho más que perdón. Y perdón significa mucho más que olvido. Las heridas que los demás nos hacen van quedando en el corazón y en la memoria como experiencias que nos condicionan profundamente. Los expertos en la vida espiritual suelen afirmar que, en el camino hacia Dios, tanto estorban los grandes amores como los grandes odios. En ambos casos, nuestro corazón está atrapado por otro que no es el Otro (Dios). Suelo repetirme a mí mismo, y aconsejo a los demás, una oración en forma de estribillo: Purifica mis deseos; silencia mi corazón; cura todas mis heridas; infunde en mi amor tu Amor.
Volviendo al amor a los enemigos, y enlazando con las Bienaventuranzas que contemplábamos el domingo pasado, hay que subrayar que es preciso ser misericordiosos para amar. Y la medida de la misericordia, como la del perdón, y por supuesto la del amor, no es la nuestra, sino la de Dios mismo. Podemos perdonar y amar porque Él, el Señor, lo ha hecho antes con nosotros.
Una anotación final: amar a los enemigos es, en definitiva, ayudar a sacar de cada uno lo mejor que existe en ellos. Cuentan que un niño entró en un taller de escultura y se quedó admirado de un gigantesco bloque de piedra. Dos meses más tarde, aquel bloque había desaparecido. En su lugar encontró una hermosa estatua ecuestre. Y el niño, admirado, preguntó al artista: ¿Cómo sabías que dentro de aquel bloque de granito había un caballo? Dentro de la más genuina tradición cristiana podemos afirmar que el amor a los enemigos ha obrado, y sigue obrando, verdaderos milagros.

Dios los bendiga.

¡¡¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!!!

Vladika +Afanasij

Eparca de Guadalajara y Todo Jalisco.

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